Conozco a una tipa

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domingo, 28 de marzo de 2010

Los Altos de Jalisco


Una noche me desperté de madrugada. Todavía en una nebulosa que no era la realidad pero tampoco el sueño, me levanté de la cama. La habitación en la que vivía estaba llena de humo y supuse que la noche anterior me había dormido antes de tiempo y no me había acordado de abrir la ventana. Seguramente Carlota y Manuel me habrían dejado metida en la cama y se habrían ido sin abrir un poco para ventilar. Pero en realidad, me pareció que el humo era muy denso, recién hecho. Fui a la ventana que queda más lejos y la abrí. Entró un frío profundo, como de valle y me dije: mira, Nuria, parece que estás en México otra vez.

Pasó un grupo de chicos bajo la ventana hablándose a gritos y me imaginé a uno de ellos caminando unos metros por delante, enajenado de alcohol y a los amigos intentando mantenerlo en el camino. Diciéndole: a la izquierda, ¡Oye! A la izquierda y escuché otra voz marcando alguna dirección que no era reconocible y algunas risas. Entorné la ventana y volví a la habitación, entonces me pareció que el humo seguía siendo demasiado denso. Seguramente alguien había dejado un cigarro encendido en el cenicero y pensé que Carlota y Manuel debían haberse ido hacía poco o que quizás estaban en la cocina o en el baño o uno en la cocina y otro en el baño. Intenté escuchar pero no se oía nada. Cuando eché a andar en dirección a la cocina para comprobar si estaba o no sola, vi una figura sentada en una de las sillas de la habitación. Era esa figura la que fumaba, era Jorge Negrete vestido de charro fumándose un cigarro en mi habitación. Escuché una voz que me decía: con todo y sombrero viene. Me acusé a mí misma: ¿desde cuando piensas tú en mexicano, Nuria?

Jorge Negrete levantó la mirada y me vio. Tuve la sensación de haberlo pillado en un momento de intimidad y me sentí incómoda. Me saludó levantándose el sombrero y al sonreir me enseñó los dientes. Me pareció que estaba haciéndose el borracho. Quise hablar rápido para que desapareciera en seguida la tensión de haberlo pillado con sus pensamientos más íntimos y le dije: Jorge, si pudieras cantarme la canción del jinete que cabalga por la lejana montaña... No terminé la frase, no supe cómo. La propuesta estaba demasiado traída por los pelos. Me miró otra vez y me dijo: hace mucho que no canto esa canción. Yo pensé: ¿cómo ibas a cantarla, Jorge, si llevas tantos años muerto?, pero no se lo dije por cortesía, lo que le dije fue que me hacía mucha ilusión escucharla en ese momento, que sería muy bonito que la cantara otra vez y a pesar de que se negó todas las veces, acabó cantando un trozo. Después me pidió un vaso de agua y me acordé de que quizás Carlota y Manuel seguían escondidos en la cocina, pero no, habrían salido al escuchar la canción.

Le llevé el vaso de agua (la cocina estaba, efectivamente, vacía) y me senté junto a él a ver cómo se lo bebía. Luego le pregunté sobre la época en la que trabajó de camarero en Nueva York, esperando para entrar como cantante en el Metropolitan Opera House y estuvo hablándome de los bares latinos que frecuentaba y de lo difícil que era para nosotros los mexicanos, así dijo, conseguir buenos contactos en los Estados Unidos. Después dijo algo en alemán que no entendí y yo exclamé, quizás demasiado sorprendida: ¡no me digas que hablas alemán! Claro, chula, ¿no sabías que estudié en el Colegio Alemán Alexander von Humboldt? Le dije que no tenía ni idea sin quitar el ademán de admiración. También hablo inglés e italiano y conozco el Náhuatl, me dijo haciéndose el macho. Y yo pensé: ¡Ay! qué hombre tan interesante.

Luego le avisé: Jorge, creo que debería volver a la cama pero antes quería preguntarte algo, ¿es verdad que Emilio Fernández llevaba pistola a los rodajes? Entonces cambió su actitud y me habló como si fuera una niña, con un tono a la vez tierno y paternal. Dijo: ¿tú qué crees, Nuria? y yo le contesté con una vocecita impropia de mí, como asustada de hacer el ridículo: Yo creo que sí. Bueno, ¿y qué más da?, me contestó. Me habría gustado decirle: no hombre, no da igual, pero no quería discutir con Jorge Negrete y me metí en la cama. Él me arropó y me dió un beso en la frente, parecía que se alejaba buscando la puerta para salir y entonces escuché que me decía: ¿Te importa si me tumbo aquí un poquito? Ahorita me voy. Y yo le dije: sí, claro, Jorge, túmbate donde quieras y después pensé que era raro que Jorge Negrete no tuviera otro lugar donde pasar la noche.

4 comentarios:

  1. Maravilloso. Pobre Jorge, tan solitario..

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  2. Qué grande, Nuri!

    Puede que Carlota y Manolito si estuvieran al fin y al cabo. Quizás dentro del armario. Y que se acuerden de lo que hablastéis Jorge y tú y que se quede como anécdota de esa noche y luego ya mascosasqué.

    Precioso.

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  3. Qué genial, genial!
    Me ha encantado, espero que Negrete venga también a visitarme pronto!

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